viernes, 18 de diciembre de 2015

24 HORAS CON IRMA






¿QUIERES CONOCERME, PASAR 24 HORAS A SOLAS

 CONMIGO, Y HACER REALIDAD TODAS TUS 

FANTASÍAS SEXUALES?





Para premiar la fidelidad de mis lectores, elegiré al azar a uno de los primeros 2000 compradores de “NINFÓMANA Y PUTA”, que ya está en preventa en Amazon  A UN PRECIO ESPECIAL DE LANZAMIENTO (desde hoy ya se puede reservar y se entregará el 31 de enero de 2016). El afortunado, tras conversación telefónica en la que se acordará dónde, cómo y cuándo, disfrutará de 24 horas en mi compañía, durante las cuales será amo y señor para hacer realidad sus deseos y fantasías más ocultos.



Si estás interesado (o interesada), sigue los pasos siguientes:



1) Adquiere en preventa un ejemplar del e-book “NINFÓMANA Y PUTA” (pulsa AQUÍ si no sabes cómo adquirirlo).

2) El día 31-01-16 podrás descargarte el e-book. Léelo y disfruta.

3) Si te ha gustado, escribe una reseña (un comentario) en Amazon (te explico AQUÍ cómo hacerlo). Me ayudarás mucho con ello.

4) Reenvíame al correo ninfomanayputa@gmail.com el comprobante de compra de Amazon.


5) Cuando se llegue a los 2000 candidatos, elegiré uno de ellos al azar.



ÍNDICE

1.- Follare humanum est
2.- El amor, ése que todo lo jode
3.- Roma, ciudad de curas y rameras
4.- Cazadora de orgasmos
5.- Polvoterapia
6.- La profesión más antigua del mundo
7.- Mi puto amigo gay
8.- En busca del sexo perfecto
9.- Por fin libre






Me encantaría poder ofreceros 24 horas a todos y cada uno de los miles de lectores que visitáis el blog cada día. De algún modo, en cada página, en cada palabra que escribo, me hago presente en vuestras vidas. No os quepa duda de que vosotros lo estáis muy, muy mucho, en la mía.

Un besazo morboso.



martes, 15 de diciembre de 2015

EL FALO DE ÉBANO



A medida que me acercaba al lugar indicado, los edificios se tornaban más antiguos y miserables. En uno de ellos, que no difería en nada de los demás, me aguardaba aquel tipo. Subí los tres pisos a la carrera, para no tener que respirar más aire inmundo del necesario. Pulsé el timbre, que sonó más afónico que la voz de Joe Cocker, y respondió una voz de negro desde el interior.

- ¿Quién llama?
- Soy yo, Irma, la del pañuelo de ayer, cuando te tuviste que marchar…- no pude acabar la frase, pues la puerta se abrió de sopetón, una mano oscura la atravesó, agarrándome de una muñeca, y me estiró hacia sí.

Me disponía a vaciar mis pulmones en un formidable grito de auxilio, cuando acerté a vislumbrar el rostro familiar del mantero, con los ojos abiertos como naranjas, más asustado que yo.




- Perdona, chica, es que desde ayer llevo el susto en el cuerpo, ya me veo repatriado a Senegal, buscándome la vida para volver a entrar. No esperaba visita.
- Muy bien, disculpado pues. Vamos al grano, ¿cuánto te debo por el pañuelo?

Mamadou me miró incrédulo.

- ¿Has venido a pagarme? – me soltó con la misma perplejidad que su compatriota había exhibido unos minutos antes. Al parecer, en su país no se llevaba mucho la formalidad.
- ¿Te lo tengo que decir en chino?
- Pues serán, son… nada, no te puedo cobrar. A alguien como tú no se le puede hacer pagar por nada.



No entendí del todo su respuesta, sobre todo la parte aquella de “alguien como tú”, aunque la forma en que me miraba las tetas me daba alguna pista. La prominencia que empezaba a dibujarse en las bermudas que llevaba puestas también eran un indicio claro de lo que le rondaba por la cabeza. No me lo había hecho nunca con un negro, y sentía la curiosidad de muchas féminas por comprobar si todos los tópicos sexuales acerca de ellos tenían una base real.

Sin esperar a ser invitada, me aproximé a él y posé una mano sobre aquella enorme erección. La tensión palpitante y poderosa que se adivinaba al tacto me hablaron de un vigor sexual salvaje, animal, natural e instintivo. Cuando introduje la mano en el pantalón, las dimensiones monstruosas de aquel artefacto que palpaba casi me asustaron. Jamás me había preocupado por la posibilidad de ser incapaz de engullir o ser penetrada por un miembro a causa de sus dimensiones, pero aquella vez no las tenía todas. A Mamadou, sin embargo, aquello no parecía quitarle el sueño porque, ni corto ni perezoso, me despojó de mi ropita playera, me tomó con sus musculosos brazos y, levantándome en el aire, me ensartó con aquella tranca descomunal.



Me sentí llena, tan absolutamente llena, que dudaba de que aquello fuera capaz de moverse hacia dentro o hacia fuera. Miré al negro con la duda dibujada en mi rostro: «¿y ahora qué?». Lo que hizo a continuación, dejó claro que yo no era la primera blanca que se tiraba: me sujetó ambas nalgas con las manos, y empezó a moverme en espiral, primero suavemente aunque ganando en intensidad, como si él fuera un enorme sacacorchos intentando abrirse paso y vencer la resistencia del cuello de una botella, pero sin romper el corcho. Lo acompañó con un lameteo delicado de mis pezones, que ya empezaban a responder. Mi cuerpo hizo el resto: como si acabara de despertarse de un letargo invernal, empezó a fabricar jugos a lo loco y a verterlos en la vagina como si la vida le fuera en ello.




Suspendida en el aire, atravesada por aquel mástil de velero mercantil que empezaba a entrar y salir de mí cada vez más rápido, empecé a sentirme desbordada por un placer absolutamente genital, carnal, fruto de la unión dura y sin paliativos de dos sexos hambrientos devorándose. No lo dejamos durar mucho más y nos corrimos pronto. Aquello era lo que era: un aquí te pillo aquí te mato, un polvo rápido que te quita el hambre pero no te sacia.  

- Con esto queda pagado el pañuelo, espero – bromeé mientras me vestía.

Mamadou asintió. Todavía recuperaba el aliento, y me daba a mí que su cultura no era especialmente proclive a las manifestaciones afectivas del varón hacia la mujer tras el acto sexual. Me despedí con un guiño y abandoné aquel cuchitril desvencijado tan repleto de miedos y esperanza.


jueves, 19 de noviembre de 2015

FOLLAMIGOS

Queridas y queridos, os tengo un poco olvidados, tanto aquí en el blog como en Google+ y en Facebook . Como sabéis todos los que tenéis la paciencia de leerme, estoy trabajando contrarreloj en un libro autobiográfico, que espero sacar a la luz a finales de diciembre de 2015. A modo de compensación, publico esta nueva entrada, que es un fragmento extenso del tercer capítulo del libro (que lleva por título Roma, ciudad de curas y rameras), y que narra una de las experiencias que he vivido con uno de los muchos hombres y mujeres a los que podría considerar follamigos

¡Espero que la disfrutéis!


Nada más cruzar la puerta, Klaus me agarró por la cintura y me cascó un beso con lengua que me acarició la campanilla. Sentí su agitada respiración sobre mi rostro. En su entrepierna, que se insinuaba sobre la mía, se adivinaban un deseo y un vigor explosivos. Miré de reojo a Greta. Peter –así se llamaba el segundo aspirante a ingeniero-, se habían sentado en el sofá y conversaban amigablemente. No era lo que yo tenía pensado para ella, pero menos es nada; había hecho todo lo que estaba en mi mano para iniciarle, y ahora la pelota estaba en su campo. Klaus me tomó de la mano y me acompañó al dormitorio.

- Irma, dulce Irma… - me susurró al oído, marcando las “r” de mi nombre al modo germánico.

Deseaba ver desnudo a aquel hombretón. Le desvestí en un santiamén, y le contemplé tal y como había llegado al mundo. No en vano, en algunos momentos de la historia, los alemanes se habían sentido una raza superior. El metro noventa de puro músculo de aquel titán rubio de ojos claros era, al menos físicamente, muy superior a lo que hasta entonces yo había conocido. Su miembro parecía más un ariete dispuesto a derrumbar cualquier muro que una simple polla tiesa, inmensa en longitud y grosor. Incluso sus nalgas, el punto crítico en la mayoría de hombres, lucían esplendorosamente bien trabajadas, turgentes y firmes. Si aquel chico era capaz de utilizar en la cama todo aquel poderío, iba a proporcionarme más placer del que jamás había soñado.



No esperó mi invitación para empezar el festival. Dando un paso adelante, me puso las manos sobre los hombros suavemente, y con un guiño me indicó que me pusiera de rodillas. Cuando me tuvo a su alcance, metió la verga en mi boca, tanteando mi capacidad bucal, entrando y saliendo lentamente, dejando que segregara la saliva que ya empezaba a derramarse sobre mi cara. Sabía lo que venía a continuación: quería follarme la boca, y yo lo deseaba con locura. Tomó mi cabeza entre sus manos, fijándola, y empezó a bombear con fuerza, obligándome a engullir aquella polla monstruosa una y otra vez, adentro y afuera, como si fuera mi coño y no mi boca lo que estaba penetrando sin tregua. Sabía lo que deseaba, lo que ansiaba con todas sus fuerzas: en apenas un par de minutos, aquel superhombre reventaría en mi interior, derramando un torrente de semen que me rogaría, me suplicaría, tragara hasta no dejar una sola gota. No se lo iba a conceder. Quería ese manubrio dentro mío durante mucho más tiempo.

Me la saqué de la boca, dejé caer un buen chorro de saliva sobre ella y le pajeé con ambas manos. El sudor cubría completamente el cuerpo de Klaus; dejé de masturbarle y lo recorrí hasta bebérmelo todo. Ahora era su turno, quería saber si estaría a la altura de mis expectativas. Mientras me desvestía, agucé el oído, intentando captar algún sonido de la habitación contigua, pero sólo me llegaron unas risas apagadas.

Me tumbé en la cama boca arriba, abrí las piernas y arqueé la espalda, abriendo mi sexo y mostrándoselo descaradamente.

- Tu turno, amor…

No se acobardó, ni siquiera al pasar la mano por encima y sacarla llena de mis jugos, que desde hacía rato manaban abundantemente. Se arrodilló ante mí, tomó mis glúteos en sus manos inmensas y me elevó, llevando mi coño hasta su boca. Joder con el alemán, hasta en aquello era bueno. Pese a su juventud, movía la lengua con una habilidad sorprendente, paseándola por los labios, bordeando juguetonamente el clítoris, que succionaba y mordisqueaba cuidadosamente. Me estaba encendiendo como a una perra en celo. De haber sido un tío, me habría corrido ya. Entonces, llegó algo inesperado. Sin dejar de lamer, introdujo un dedo en mi ano, suave pero firmemente, y empezó a entrar y salir al mismo ritmo que su lengua subía y bajaba. Era un placer nuevo, en el que se confundía el origen de las sensaciones, que se fundían en una sola.

Gemí y jadeé, deseando que aquello no terminara jamás. Pero Klaus tenía todavía una carta escondida. Sin dejar lo que estaba haciendo, introdujo un segundo dedo por mi vagina, y la tanteó hasta hallar lo que buscaba; no me preguntes qué tocó, pero lo cierto es que parecía haber accionado un resorte oculto, un algo misterioso que multiplicaba e intensificaba las sensaciones de una forma brutal. Me estaba penetrando anal y vaginalmente a la vez que me regalaba un cunnilingus. Paré hasta de respirar. El orgasmo llegó rápido, fue imposible detenerlo. Por lo general, soy capaz de controlar su llegada, y apartarme a tiempo si lo deseo, prolongando así el placer. Aquella vez, sin embargo, una oleada eléctrica me sacudió de pies a cabeza, obligándome a encogerme sobre mí misma para que los espasmos de mi cuerpo no fueran tan violentos. Klaus se separó de mí y me contempló, satisfecho.

- Todavía no ha terminado, preciosa – sentenció, marcando duramente la “r” de “preciosa”.

No me dejó recuperarme. Armado con aquel mástil de acero que lucía entre las piernas, me volteó en la cama, hasta situarme boca abajo. «¿Me va a penetrar ahora?, no sé si podré aguantarlo».

Abrió mis nalgas hasta dejar el orificio anal completamente expuesto, y escupió sobre él.

- ¿Algún problema? – preguntó con aquel peculiar acento, aunque parecía no esperar respuesta, que de todos modos nunca llegó.

La polla entró en mi culo limpiamente –si se puede utilizar esta expresión cuando hablamos de sexo anal-. Me lo había estado trabajando a conciencia durante el cunnilingus, dilatando el esfínter con aquel dedazo tan grueso como muchos de los penes que me he encontrado durante años de relaciones sexuales de todo tipo. Di un respingo, y empecé a dejarme llevar, otra vez.

Me embestía con fuerza, sin llegar a la violencia. Aquella verga de dimensiones tremendas alcanzaba lo más profundo de mis entrañas, paseándose por rincones donde ninguna otra había llegado antes. Klaus jadeaba como un poseso, sintiéndose dueño y señor de mi cuerpo, que manejaba a su antojo. Pese a lo entregado que estaba a la búsqueda de su propio placer, no se olvidó de mí. Alargó nuevamente su mano hacia mi sexo, y se encargó de darle a mi vulva la estimulación que necesitaba. Fue mano de santo –nunca mejor dicho-, pues en unos minutos volvía a desencadenarme un orgasmo intensísimo, de una calidad que sólo el sexo anal te puede procurar. A los pocos segundos, se dejó ir él. El aullido que salió de su boca venía de muy adentro, y de muy atrás en el tiempo, tal vez de la época en que sus antepasados vándalos, unos seres brutalmente atroces y poderosos invadieron y asolaron Europa. Sentí en mi interior el caudal de su leche caliente y abundante fluyendo libre y llenándome completamente.

Tardé un rato largo en recuperar el ritmo normal de mi respiración. Mi amante se había dejado caer, exhausto, sobre la cama, expulsando aún semen sobre la misma.

- Ha sido brutal, Klaus, te lo juro, eres una máquina de follar.  
- Gracias… he disfrutado mucho contigo, tú también eres buena en esto.
- No, de veras, no te estoy adulando, sé de lo que hablo, créeme.

Sonrió confiado, de aquella forma en que lo hacen los hombres con gran seguridad en sí mismos, algo que enloquece a cualquier mujer que se les cruce en el camino. A esta clase de personajes no les hace falta los cumplidos, ni tan siquiera los agradecen. Saben que valen, y ello les basta.

- Lo acepto. Ha sido también un gran placer para mí.

Nos fumamos un cigarrillo a medias, y luego él sacó unas botellas de cerveza fría de una neverita camuflada en un armario, que nos tomamos con avidez. Aquella combinación de placeres –buen sexo, cigarrillo y cerveza fría- es difícil de superar, y constituye el motor de la vida de gran número de personas.
- ¿Tienes novio? – preguntó Klaus, cogiéndome totalmente desprevenida.

Ésa es otra constante de la vida de las personas. Cuando todo te va viento en popa, cuando por fin has conseguido resolver algún grave problema y parece que las aguas revueltas empiezan a amansarse, llega alguien, o sucede algo, que se encarga de estropearlo. No confundas esta creencia con el pesimismo. Ya sabes que me ufano de disfrutar de una personalidad patológicamente positivista, pero da la impresión de que la vida es una suerte de carrera de obstáculos en la que te van poniendo vallas que debes ir saltando con gran esfuerzo, y que tras lograrlo, sólo te permite unos segundos de reposo, hasta que llega la siguiente valla. El caso es que Klaus, con su inoportuna pregunta, ensombreció mi disfrute de aquel sabroso momento al traer de vuelta a André a mi pensamiento.

- No, en estos momentos no tengo nada parecido a un novio – Klaus sonrió complacido, motivo por el que alargué mi respuesta – y tampoco lo busco.

No le estaba mintiendo. No podía definir con claridad el tipo de vínculo que había establecido con André, pero en ningún caso se le podía calificar de noviazgo.

- Pero cuando te apetezca echar un polvo me llamas, y a la mínima oportunidad me vengo para aquí. Eres de lo mejorcito que me he tirado, chaval. Algún día harás muy feliz a alguna mujerona alemana, una que no te dejará ni respirar sólo con que le ofrezcas la mitad de lo que me has dado hoy a mí.
- Así pues, seremos… ¿cómo lo llamáis aquí?... ¿follamigos?

¡Qué obsesión tenemos los humanos con etiquetarlo todo! Da igual lo que seamos o dejemos de ser, especialmente en lo que al sexo o las relaciones se refiere. Una etiqueta jamás garantizará que la persona que la lleva siga comportándose siempre conforme a lo que dicta dicha etiqueta. ¿O acaso crees de veras que el portador de la etiqueta “esposo” va a conducirse siempre como rezan los cánones? Imagino que detrás de ello siempre se esconde el miedo:  miedo a perder aquello que amamos o deseamos, a que se desnaturalice y se convierta en otra cosa diferente. No pensaba soltarle todo este rollo filosófico al pobre muchacho, de modo que simplifiqué el asunto para que le fuera fácil de llevar.

- Sí, querido, eso es exactamente lo que seremos.
- Estupendo… ¿tienes muchos follamigos?

Esperaba la pregunta. Otra de las inclinaciones humanas es la de intentar poseer en exclusividad personas y objetos. Con las cosas, es posible lograr cierto control e ilusión de propiedad (es una ilusión, porque en la vida todo es transitorio y nadie se lleva nada al otro barrio), pero con las personas es absolutamente imposible. A la mayoría de nosotros, cuando percibimos que otra persona intenta controlarnos, apartarnos de los demás y absorbernos completamente, reaccionamos alejándonos de ella. Sólo en los casos en que alguien no es capaz de distanciarse, surge entre los dos un vínculo enfermizo, en el que hacen su aparición los celos, el maltrato, la manipulación… No iba a permitir jamás que alguien hiciera eso conmigo.

- Una de las reglas de los follamigos, la principal, es que sólo quedan para chingar. Cualquier cosa que pretenda ir más allá rompería el pacto. ¿No es suficiente encontrarte con alguien que te gusta, pasar un día juntos disfrutando de los placeres de la vida, y coronar el día revolcándose en la cama?

No respondió con palabras. De su expresión corporal se deducía que no era suficiente para él. Era el momento de poner tierra de por medio. Si no se había quedado ya colgado de mí, poco le faltaba. Me caía bien, me gustaba, tenía todo lo que se puede desear en un hombre, pero no deseaba de él nada más que lo que acababa de ofrecerme; no deseaba causarle dolor, de modo que lo más prudente era largarse cuanto antes.

- Se nos ha hecho tarde, Klaus. ¿Qué estarán haciendo esos dos pillines?

Sonrió de mala gana, pero había leído entre líneas, captando completamente lo que yo sentía. Saltaba a la vista que no estaba acostumbrado a que se le impusiera un ritmo, en cuestiones de amor. Aun así, se comportó como el cortés e impecable caballero que todo alemán lleva de serie.

Una vez vestidos, me acerqué a él, y poniéndome de puntillas, le besé en la mejilla mientras le acariciaba aquel cabello tan hermoso.

- No lo estropeemos, ¿vale? Me tendrás siempre que quieras, sólo tienes que llamarme, o acercarte tú a Madrid. Pero sólo es y será sexo, tenlo bien presente.

Salimos de la habitación cautelosamente, no deseábamos pillar a nuestros amigos montándoselo en cualquier rincón. En los años venideros, jamás volvimos a aquella habitación, ni volví a saber de Klaus. Él no era como yo, ni de lejos.


lunes, 21 de septiembre de 2015

MULTIORGÁSMICOS


Nada hay comparable a un orgasmo. Quizás un chute de heroína pueda competir con el placer que proporciona el orgasmo, pero es algo que desconozco y un camino seguro hacia la autodestrucción por el que prefiero no caminar. 




Desde muy joven, tras quedar extasiada y desconcertada al mismo tiempo por aquella explosión interna que siguió a mi primera masturbación, me he sentido maravillada por este regalo de la naturaleza, este premio divino que sigue a la realización de un acto sexual, en solitario o acompañada. No cabe duda de que es simplemente una estrategia de la naturaleza para conseguir que intentemos joder como locos y, de este modo, facilitar la continuación de nuestra especie. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Desde hace mucho, a Dios gracias (???) y mal que le pese a la Santa (?) Madre Iglesia, somos capaces de tener sexo sin amor y sin intenciones reproductivas, buscando simple y llanamente el goce y el placer.




Imagina mi sorpresa el día que, con apenas diecinueve años recién cumplidos, escuché, en fragmentos de una conversación ajena en el bar de la universidad, la palabra "multiorgásmica". En menos lo que dura un orgasmo -el gran pesar de todos, supongo-, estaba sentada en la biblioteca buscando información. Lo que descubrí fue alucinante:  tanto mujeres como hombres podemos tener orgasmos consecutivos, sin necesidad de tener que esperar todo ese tiempo ("tiempo refractario") de letargo y falta de energía sexual que sobreviene tras un orgasmo. Esta maravillosa experiencia sucede en algunas mujeres de forma espontánea -en hombres es menos frecuente-, pero es posible aprender a conseguirlos. En aquella época, desafortunadamente, era imposible conseguir información práctica sobre la materia, de modo que no me quedó otra que lanzarme a ciegas a la aventura.

Se había abierto para mí un mundo nuevo, pero a la vez, aspiraba a una meta que parecía inalcanzable, una especie de tierra prometida que me obsesionó desde el primer momento.




Probé a masturbarme de otra forma. En cuanto me corría, y tras el calambrazo habitual, insistía en el masajeo. No hubo suerte. Tal vez el onanismo no era el camino correcto. Tiré de agenda, y empecé a contactar con los chicos con los que me había acostado hasta entonces. Les hablé sin tapujos, como suelo hacer siempre:

- ¿Ricky?, soy yo, Irma... sí hace mucho tiempo, sí... oye, tengo algo que preguntarte: ¿te has acostado alguna vez con alguna mujer multiorgásmica? - la respuesta, en todos los casos, era negativa. Ni se habían tirado jamás a una multiorgásmica, ni sabían que existiese algo semejante.

La frustación empezó a rondarme. Ya a la desesperada, acudí a los anuncios clasificados de algunas revistas porno. En ella se ofrecían señores para, "sin compromiso y gratis", dar placer a señoras. Probé con un par. No fue nada especial, sino más bien lo contrario, y ni de coña lograron lo que yo anhelaba. Con el tercero, sin embargo, fue diferente.




Se llamaba Carlos, y debía de acercarse a los cincuenta, casado y con niños. Le solté sin ambages lo que esperaba de él:

- ¿Puedes hacer que me corra varias veces seguidas?

Me miró de una manera especial, con una media sonrisa de complicidad.

- ¿Estás segura de que quieres eso? Tal vez no puedas soportarlo.

Por toda respuesta me desnudé y me lancé sobre la cama de hotel que él había reservado para nosotros. Dedicó más de media hora a prepararme. Me besuqueaba los pezones, y luego descendía con la lengua por el abdomen, para llegar al pubis, por donde se paseaba insinuándose, pero sin abordarlo abiertamente. Cuando notaba que yo me encendía y me aceleraba, y buscaba la penetración, bajaba el ritmo y me susurraba: "aún no, preciosa, no hay prisa...". En un momento dado, profundizó en el cunnilingus, que acompañó de una presión suave alrededor de mi ano. En dos minutos, llegó el primer orgasmo, intenso, controlado, breve pero delicioso.





Como siempre me sucede después de correrme, me desconecté del mundo, mientras experimentaba pequeñas réplicas, "miniorgasmos", algo similar a pequeñas corrientes eléctricas. Sin embargo, Carlos volvió a mí. Una vez más, lamió y mordisqueó mis pezones, y me devolvió al ruedo con unos besos profundos con lengua. Cuando noté su miembro erecto insinuándose junto a mi sexo, me encogí instintivamente. "Uff, espera, espera...", le dije. "Sólo debes aguantar la sensación unos segundos", respondió él. Y sin añadir más, entró dentro de mí, y empezó a moverse lentamente. Los calambrazos duraron poco, y volví a sentirme excitada y receptiva. El segundo orgasmo llegó enseguida, y fue tremendo, desbordante, indescriptible. Aunque pudiera describirlo con palabras, me quedaría corta. 

No hubo un tercero, porque, como Carlos ya me había advertido, tal vez no habría podido soportarlo. Algo más calmada, le regalé una mamada como Dios manda, por los servicios prestados.

En los años que siguieron a aquel encuentro disfruté de la compañía de muchos hombres y mujeres que, de un modo u otro, habían logrado experimentar multiorgasmos, y que eran capaces de ayudar a otros a alcanzarlos. Y sí, yo también lo logré. 

Navegando por internet, he encontrado una guía para hombres que desean llegar al multiorgasmo masculino. Después de echarle un vistazo, creo que recoge todos los consejos y técnicas necesarios para lograrlo con éxito. Se titula EL HOMBRE MULTIORGÁSMICO, CÓMO EXPERIMENTAR ORGASMOS MÚLTIPLES, y os la recomiendo personalmente. Podéis adquirirlo AQUÍ.








Besos morbosos.







lunes, 24 de agosto de 2015

FOLLARE HUMANUM EST


Queridas y queridos, tengo el inmenso placer de avanzaros una noticia que no tenía pensado hacer pública hasta bastante más adelante. Estoy trabajando, a ratos perdidos y desde hace ya un tiempecito, en un libro autobiográfico. La magnífica acogida que me habéis dispensado, así como los cientos de emails que recibo tanto a través del formulario del blog como de mi perfil en Facebook (https://www.facebook.com/irma.ladulce.927) , interesándoos por mí, por todo lo concerniente a mi vida presente y pasada,  me han animado mucho a ponerme manos a la obra.

Hoy os presento un fragmento del primer capítulo del libro, así como la portada del mismo. Espero y deseo tenerlo listo para este otoño.





Capítulo 1
FOLLARE HUMANUM EST

Mi gran pasión en la vida, además de la fotografía, es viajar por todo el mundo. Nada original, me imagino. Cualquier hijo de vecino se dejaría cercenar media oreja por poder largarse de su deprimente curro de ocho horas de reponedor de supermercado, y embarcarse en uno de esos cruceros ultramodernos que te llevan a los principales puertos europeos. Tumbado en cubierta, mecido por la brisa mediterránea y acariciado por los balsámicos rayos del sol de junio, se preguntaría, con toda seguridad: “botarate del demonio, ¿cómo has esperado tanto para tomar las decisiones que te han traído hasta aquí?”.  Nuestro afortunado personaje, a continuación, se respondería a sí mismo: “porque tenía miedo, miedo a arriesgar, a dejar atrás la falsa seguridad y el cobijo de un trabajo mal pagado, a dejar de ser un pobre que trabaja…”. ¿Te suena familiar?, ¿te sientes identificado con él? Si la respuesta es afirmativa, sigue leyendo, porque voy a contarte cómo uno de esos personajes grises,  un pobre que trabaja, decidió un día romper las cadenas que le ataban a una vida insatisfactoria, y trazar su propio destino, haciendo aquello que se le daba mejor y que le apasionaba. Habrás adivinado que hablo de mí misma. Disculpa mi carácter juguetón y bromista, que advertirás a lo largo de este libro: me encanta buscar y encontrar el lado festivo a todo; es lo que me ha impulsado siempre hacia adelante, incluso en los peores momentos de mi vida.

Estuve casada durante diez años. Mi ex-marido, André, ejercía una profesión que nos obligaba a viajar con mucha frecuencia por todo el continente: la carrera diplomática. Huelga decir que André no es su verdadero nombre, como tampoco Irma es el mío. Fuimos un matrimonio con una notable exposición pública durante el tiempo que duró; la simple revelación de nuestros nombres de pila asociaría en clave de escándalo mi actual profesión con André, truncando fulminantemente su carrera. No es que le deba gran cosa, pero no le guardo rencor alguno; eso iría en contra de mi naturaleza. Fue en esta época cuando me enganché al placer de viajar, al chute de adrenalina de tomar un taxi, escasa de equipaje, para subirme a un avión rumbo a un país desconocido para mí. Fuimos nómadas antes que sedentarios y, si me permites un pequeño ejercicio de especulación antropológica, el moverte de aquí para allá, sin domicilio fijo, husmeando en el nuevo escenario sus infinitas posibilidades, revive en nosotros el cazador trashumante que fuimos. Y yo, quizás más que nadie, me considero una cazadora muy agresiva, siempre ojo avizor de las infinitas posibilidades que cada nuevo país ofrece para alimentar mi insaciable apetito sexual. Ahí es nada. Ve calentando motores, querido lector, porque vamos a despegar.




martes, 28 de julio de 2015

EL TAMAÑO SÍ IMPORTA


"La tengo pequeña pero juguetona...", me soltó mi cliente mientras pajeaba infructuosamente su mini miembro, forzando una sonrisa de fingida normalidad. No era el primer micropene que veía, desde luego. Probablemente, tampoco era yo la primera puta a la que el pobre hombre acudía para gozar de unos momentos de intimidad, en los que mostrarse abiertamente sin temor a ser juzgado o ridiculizado. Acertó plenamente. Creo poder hablar en nombre de todas las profesionales del sexo cuando afirmo que ninguna de nosotras haría jamás tal cosa, por humanidad y por -llamémosle-, "ética profesional".

Sabía cómo manejar el asunto. Cuando aquel humilde apéndice viril alcanzó su cima eréctil (calculé unos 6 cm., a lo sumo), lo tomé entre mis manos. Mientras lo torneaba suave pero enérgicamente, recorrí su cuerpo con mi lengua, deteniéndome para trabajarle las ingles y los pezones. Se encendió como un pajar en Agosto. Había dejado de centrar su atención en el gran problema de su vida, la fuente de sus frustraciones, para limitarse a disfrutar de las sensaciones que sus sentidos recogían y que su mente fabricaba para él. Sabiendo que la penetración era misión casi imposible, atrapé su pollita entre los labios de mi sexo, de manera que percibía el calor, la humedad y la presión propias de un coito normal. En esa posición, además, con cada movimiento suyo estimulaba mi clítoris, proporcionándome mi cuota de placer. No tuve que fingir el orgasmo, llegué a él sin gran esfuerzo. Había ganado un cliente para toda la vida:  en palabras suyas, era el polvo más gratificante de su gris vida sexual. Me sentí halagada, para qué engañarnos.



He tenido que documentarme un poquito para escribir esta entrada. Mis conocimientos sobre la materia incluyen una vasta experiencias directas, pero desprovistas del rigor académico necesario. Muchas de mis afirmaciones son una mezcla de esa experiencia y de opiniones, confío que guiadas por el sentido común. Lo que no admite discusión alguna es que el tamaño del pene sí importa, y mucho, tanto a hombres como mujeres. Y es tan valorado, que puede impedirle a uno llevar una vida social normal, sexual y afectivamente hablando.



El tamaño promedio estándar de un pene en erección es de unos 12-15 cm. ¿Te parece poco? Pues es lo que hay, chico. El problema reside en las desviaciones extremas de ese promedio, que pueden llevar a la microfalosomía (micropene) cuando no se superan los 7 cm. en erección, o la macrofalosomía (macropene) cuando se superan los 22 cm. en erección. En ambos casos, la actividad sexual se puede ver afectada, tanto física como psicológicamente.






Cuando se habla del tamaño del pene, se menciona siempre el "síndrome del vestuario", para dar a entender que la mayoría de hombres que creen tener un pene pequeño, en realidad lo tienen de medida normal, y que es la comparación inadecuada de su miembro (con compañeros de vestuario, o con actores porno, por ejemplo), lo que les lleva a esta creencia infundada que, por otra parte, les genera insatisfacción y sufrimiento. Aquí cabe recordar aquello de que el órgano sexual más importante es... el cerebro. Éste es mucho más que un simple aforismo. Encierra tanta sabiduría, que merece la pena detenerse un poco a pensar sobre ello. 

Las soluciones que ofrece la medicina a los tamaños de pene verdaderamente anormales son quirúrgicas. No hablamos de magia:  se puede aumentar un pene entre 2 y 4 cm, no más. Previamente a la cirugía, el médico debería evaluar si realmente el paciente es candidato a ella o no (se estima que el 90% de los que se operan no tienen un tamaño de pene anormal). Si se detecta algún tipo de patología psiquiátrica o psicológica, el paciente debería ser entrevistado previamente por un profesional de estas especialidades.

No voy a extenderme más en detalles que puedes encontrar fácilmente navegando por la red. Quisiera hacer énfasis en el componente psicológico del sexo. Te aseguro que es posible gozar y hacer gozar independientemente del tamaño de tu pene. Si quieres te lo juro. Espero que podamos volver a hablar sobre ello en una nueva entrada del blog.

Me quiero despedir dejándote  buen sabor de boca, después de haberme puesto tan seria y académica, con un vídeo de buen humor. Es un fragmento de un episodio de Sexo en Nueva York, una de mis series favoritas. En este vídeo, Samantha (un personaje con el que me siento plenamente identificada y al que idolatro), se lamenta de haber dado con dos hombres con problemas de tamaño de pene pero a los que adora. Espero que lo disfrutes tanto como yo.

Besos ardientes.









viernes, 26 de junio de 2015

A CUATRO PATAS

A cuatro patas, el mundo se ve diferente. Perder de vista tu sexo y tu ano, y ofrecerlos a quien te cubre la retaguardia, supone un ejercicio de confianza que no siempre valora el afortunado amante que se dispone a disfrutarlo.  




Aunque, afortunadamente, en la mayoría de casos a ninguna mujer se le obliga a recibir al macho cual perra en celo, dejarse follar a cuatro patas continúa siendo, para casi todos los hombres, la máxima expresión de sumisión de la hembra a su encendida virilidad. Es una reminiscencia muy viva de cuando habitábamos las cavernas, y estábamos más próximos al animal salvaje que al moderno, escrupuloso y cristiano hombre moderno. 





Ya quedaron muy atrás aquellos tiempos en los que esta postura sexual era exclusiva de putas y mujeres "perdidas", y ni por azar se planteaba su práctica en la intimidad del sagrado lecho conyugal. La mujer decente jamás hubiese accedido a prácticas tales como la felación, la penetración anal o posturas sexuales como ésta. Así pues, el santo varón, forzado a mantener sujeta, bajo el techo del hogar,  a la bestia amatoria que llevaba dentro, se buscaba la vida para dar rienda suelta a unas pasiones imposibles de reprimir. Y adivinad dónde encontraba esa ansiada satisfacción... (no necesitáis que os lo cuente, ¿cierto?). Ya en manos de una profesional del sexo, una mercenaria del amor (otro bello eufemismo para referirse a las putas), el buen marido podía echar un polvo como Dios manda, metiendo su rabito -previo pago-, en el agujero más acorde con sus preferencias.






A principios de los 90, pese a los vientos de absoluta libertad sexual que arribaban prácticamente a todos los rincones de Europa, residía en Londres, malviviendo de un sueldo justito de camarera e intentando abrirme camino como fotógrafa en mis ratos libres. Pese a que mi carrera como puta empezó algunos años más tarde, ya había aceptado, en alguna ocasión en que la necesidad apretaba, una compensación económica a cambio del buen rato que había hecho pasar a algún caballero. A propósito del tema de este post, me encontraba trabajando una veraniega y soporífera tarde de domingo en un antiguo café de Piccadilly, cuando me percaté de que me observaban. Un hombre de mediana edad, algo entrado en quilos pero con la elegancia que le proporcionaba un traje de Armani ofensivamente caro, me lanzaba las miradas más ridículamente insinuantes, al tiempo que ocultaba infructuosamente su anillo de casado.  Compadecida, me aproximé a él, y con mi ya excelente inglés, le solté:

- No ha dejado usted de mirarme desde que ha entrado. ¿Necesita algo?
- Sí..., bueno no, esto... Es usted muy hermosa - acertó a responder.
- Gracias, señor...
- Frank Spencer, su más devoto admirador.



No pude sino reírme para mis adentros de lo trasnochado de su respuesta: todo un señor. Bajé la mirada, y la detuve a la altura de una incipiente erección, que amenazaba con echar por tierra sus exquisitos modales. Se sonrojó de tal manera, que temí que fuera a caer redondo ante mí. Decidí echarle un capote:

- Te has puesto cachondo al verme, no pasa nada... no hago sino mover el culo de aquí para allá, mostrando más pecho del que debería, ya sabes, por el calor agobiante que hace.

Se relajó al instante, pero su erección no decayó, sino todo lo contrario. Me dejé tentar por la curiosidad: ¿cómo sería echar un polvo con una especie de lord como éste? Al fin y al cabo, iba ya para una semana que los orgasmos sólo me los proporcionaba Willy, mi consolador de goma. Me aproximé a él, y dejando caer una mano a escasos centímetros de su miembro erecto, le dije:

- Ven a recogerme al cerrar, sobre las once.

Azorado y ruborizado, asintió con una sonrisa bobalicona, y tras una leve reverencia, y salió del local.




A las once, con una puntualidad más que británica, un cochazo negro precioso me aguardaba en la puerta. Junto a él, plantado, sonreía el chófer. Algo aturullada por el boato y la pompa, entré en el vehículo, que de inmediato arrancó y me llevó fuera de la ciudad. Paramos ante una de esas casonas de campo de piedra inglesas, y el chófer me guió hasta el interior. Frank aguardaba sentado en un sofá, apurando una copa de oporto.




No iba a dejarme intimidar por la sofisticación clasista que tenía ante mí. Agarré a Frank de la mano, y le llevé por los pasillos -el pobre iba dando traspiés por lo inesperado de mi abordaje-, hasta encontrar una habitación. Antes de que se recuperara de la impresión, me había desnudado y le había desnudado también a él. Iba a hacerse todo a mi manera: el señor era ahora el lacayo. 

Le agarré la polla con ambas manos, y le masturbé suavemente. Su cuerpo acusaba el paso de los años y el exceso calórico de su dieta, pero su soldadito se ponía firmes de inmediato cuando se le ordenaba, algo infrecuente a su edad. Me la llevé a la boca con decisión, y me la metí bien adentro, lamiendo y succionando rítmicamente. Noté que se estremecía y paré. Tenía en sus ojos una expresión de sorpresa y asombro que no supe interpretar. Me di la vuelta, me puse a cuatro patas y, algo ansiosa, le grité:

- ¡Y ahora, fóllame bien por detrás!

Aguardé en vano. Miré hacia atrás y le vi erguido, mirando fijamente mi culo, sin reaccionar. Al fin, susurró:

- Por detrás... ¿por dónde?
- ¿Por dónde? ¡Métemela ya por donde quieras, pero métemela ya!- le grité, hambrienta de verga.

Se quedó inmóvil detrás mío. Medio enloquecida, le agarré la polla y me la metí en el coño. Aquél fue el resorte que activó un mecanismo oxidado tras años de sexo conyugal rutinario. Me agarró por la cintura y desplegó una asombrosa voracidad sexual, entrando y saliendo de mí con un ritmo y firmeza inusitados. Antes de correrse, y embravecido por su renacido vigor, probó suerte y me enculó, aunque bastaron dos breves acometidas para explotar en la corrida más memorable de su aburrida y aristocrática vida.

Huelga decir que yo no me corrí, aunque fue divertido. Cuando se despidió de mí, besándome la mano, y me deslizó aquel imponente fajo de libras esterlinas en el bolso, sí estuve a punto de llegar al orgasmo. 

Había descubierto un nuevo aspecto de la sexualidad, hasta entonces desconocido para mí: el de la represión impuesta por los convencionalismos sociales.





martes, 16 de junio de 2015

SABINA, MI ADORABLE VECINA


Ejercer la prostitución conlleva un considerable abanico de riesgos y amenazas para la propia integridad física y moral. Y no se trata de una leyenda urbana, te lo juro. Cada persona asume su cuota de exposición a los riesgos inherentes a su oficio, esperando a cambio de ello un retorno en forma de recompensa, habitualmente un salario. Las putas no somos diferentes de cualquier otro profesional, al menos en este sentido: no es infrecuente el cliente que, enardecido por unos minutos de sexo de calidad, no acierta a distinguir aquello por lo que realmente ha pagado y te cruza la cara, reventándote el labio. Y aunque una, curtida en mil batallas, tenga un encaje de campeona, prefiero que me sacudan sólo cuando y si me apetece o, en todo caso, cuando entra en el servicio pactado.

Con respecto a la integridad moral, la cuestión es algo más compleja y sutil. En palabras sencillas, se trata de la dificultad que una mujer pública (me encanta esta forma tan anacrónica de denominarnos) tiene para llevar una vida "normal" al margen de su trabajo, sin que se la señale continuamente, se la juzgue y se la condene allá donde vaya y haga lo que haga. Es algo tan antiguo como la Humanidad, supongo, pero no deja de ser un ejercicio de supina hipocresía colectiva. Doy fe de que muchos de esos honrados y ejemplares pilares de la comunidad, que se erigen en cabecillas de los del dedo acusador, sustraen hasta el último céntimo de la economía familiar para engrosar las cuentas corrientes de las señoritas que fuman (otro eufemismo heredado del imaginario colectivo). Además de follar por dinero, soy una gran lectora y estudiosa aficionada de la conducta humana (¿sorpresa?), y por eso, a aquellos que, DE VERDAD, queráis conocer por dentro el mundo de la prostitución, os recomiendo que leáis YO PUTA (pulsa AQUÍ para acceder al libro), una lectura que no os defraudará.



Uno de mis caballos de batalla, en lo que se refiere a mi búsqueda personal del anonimato y la libertad en el ejercicio de mi profesión, es Sabina. Os hablé de ella de pasada en mi post Bienvenidos a mi blog. Sabina es una soberbia morenaza de piernas interminables que habita el ático de mi comunidad de vecinos junto a René, un tipo estirado con aire de autosuficiencia que consigue sacar lo peor de mí. Hasta hace unos pocos meses, mi pisito de alquiler en esa comunidad era el remanso de paz que toda puta que se precie merece tener, un coto vedado a cualquier modalidad de intercambio sexual donde recuperarse física y anímicamente; para mis vecinos, yo era Ana, una empresaria del ramo del ocio y las relaciones sociales, y por tanto, con horarios y centros de trabajo un tanto irregulares. Esta situación idílica, sin embargo, terminó.




Uno de mis clientes habituales, programador informático, me había citado en una plaza muy céntrica y concurrida de la ciudad. Al caballero le pone a mil echar un polvo en lugares así, metidos en un baño público o escondidos entre una arboleda tupida, deprisa y corriendo y más pendiente de la gente que pasa que de la mamada que le estoy haciendo. Se lo cobro muy, muy bien, puedes creerme. Pues a lo que iba.





Era un día muy lluvioso y desapacible, y nos metimos en su coche, aparcados en doble fila y con los intermitentes centelleando. Me bajé las bragas y monté sobre él en el asiento del conductor, ofreciéndole -o más bien haciéndole tragar- mis pezones. Había que ir aprisa. Junté los muslos ofreciendo resistencia a su miembro, que apenas había conseguido endurecerse. El show había empezado: mi movimiento de caderas activaba ahora el limpiaparabrisas, ahora el claxon, convirtiendo aquel coche en un carrusel de feria. Cuando mi cliente percibió que los peatones se paraban, curiosos, junto al vehículo, sufrió su esperado fogonazo de virilidad, y empezó a bombearme con un pollón XXL, agarrándome con fuerza el culo. Se corrió pronto, emitiendo un aullido que mitigó levemente un oportuno bocinazo del coche. Nos vestimos a todo trapo y abandoné el vehículo lo más discreta y dignamente que pude. Al levantar la vista la vi. Mierda.




Sabina, pegada a la cristalera de un bar cercano, sonriendo pérfidamente, me miraba a los ojos y, sin palabras, me dijo: "ya eres mía". Por la noche, al volver a casa, me la encontré en la escalera, esperándome como una araña aguarda, hambrienta y paciente, a la mosca que sabe va a devorar antes o después. Jugueteaba con una cámara de fotos, sabedora de mi pasión por la fotografía. La muy cabrona se había vestido casi igual que yo. Menuda chalada. "¿En tu casa o en la mía?", me soltó, aunque no había elección posible. Entramos en mi piso, y se sentó en el sofá, sin esperar invitación.




"Así que eres una puta", me soltó a bocajarro, "una putita guarra que vende su coño al mejor postor. Menudo numerito has montado antes". "¿Qué quieres de mí, Sabina?", respondí, conteniendo mi rabia. "Bueno, mi silencio tiene un precio. Como experta en transacciones comerciales, lo comprenderás...". La hubiese estrangulado allí mismo. Harta ya de jueguecitos, fui directa al grano: "¿cuánto?". Sonrió nuevamente, mientras se desabrochaba  los botones del corpiño: "siempre he querido probar con una mujer, y ahora te tengo a ti... y gratis". Estupefacta, calibré las consecuencias de una negativa: mudanza de piso, y tal vez incluso de ciudad. Consideré sus exigencias un mal menor, ante la posibilidad de que me hubiese querido usar para un trío con el botarate de su marido.

Resignada a someterme al chantaje, decidí dar lo mejor de mi buen saber hacer sexual, y satisfacer la curiosidad de aquella hembra maligna. Me aproximé a ella, y la despojé de sus ropas, lenta y sensualmente, mientras la besaba paseando mi lengua por todos los recovecos de su boca. Se estremeció como una colegiala ante su primer magreo. Tenía un cuerpo imponente, torneado a sudor y lágrimas en el gimnasio, que se agitó ávido al sentir mis dedos explorándole el sexo.





Me dejé llevar por el deseo, y la tumbé boca arriba en la cama, regalándole uno de los mejores cunnilingus de mi carrera. Sabina, con los ojos en blanco, gemía presa de un torbellino de sensaciones nuevas para ella. No aguantó mucho. Ahogó un gemido profundo, y se abandonó al placer.

Mientras se vestía, sin apenas mirarme, musitó: "ha sido la reostia. Repetiremos... pronto". Y se largó, la muy zorra. Ya me veía regalándole polvos de por vida. Tomé la decisión de no amargarme, y considerarlo algo así como un impuesto a pagar.